Asistimos a este Primero de Mayo en uno de los momentos más críticos que ha
vivido el país en los últimos años.
Ya hemos descrito el escenario: crisis hospitalaria, deterioro de la
educación, inseguridad, alta tasa de desempleo, despido de trabajadores, sobre
todo en el área de la salud, e irrespeto a la ‘voluntad popular’, pues el
régimen ha hecho caso omiso de la consulta popular que negó la precarización
laboral y la instalación de bases militares extranjeras. A esto se suma la
persecución contra luchadores populares, ambientalistas, sindicalistas y contra
toda organización o manifestación de oposición al régimen fascista de Noboa.
Se ha desatado una mayor reaccionarización de los aparatos represivos del
viejo Estado. A la vez, la presencia de organizaciones y grupos armados ha
desencadenado una violencia brutal que ha sido instrumentalizada por el régimen
para justificar el endurecimiento represivo, la militarización de la sociedad y
la entrega del país al imperialismo. En ese marco, se vuelve cada vez más
evidente la intervención directa de aparatos de inteligencia, agencias de
seguridad y grupos tácticos del imperialismo, particularmente de Estados
Unidos: FBI, HSI, Homeland Security, DEA, Comando Sur, cooperación militar,
SOFA, operaciones marítimas, intercambio de oficiales, financiamiento y
entrenamiento. A ello se suma la cooperación con la Unión Europea y Europol,
mediante el intercambio de información policial bajo el pretexto de combatir el
crimen grave y el terrorismo; así como el memorando firmado con Argentina en
materia de seguridad ciudadana y prevención del delito.
Con Israel la situación es aún más compleja. Se ha implementado todo un
programa integral de “cooperación” en seguridad, tecnología e inteligencia,
asesoría operativa, despliegue de grupos de inteligencia y operaciones en
territorio nacional, entre otros mecanismos de intervención.
Es decir, tenemos un país literalmente intervenido por lo más reaccionario
del planeta; por las fuerzas más criminales, genocidas y abyectas del mundo. Y no solo en términos militares o policiales,
sino también políticos. Se trata de una injerencia abierta que ha logrado no
solo cooptar al régimen, sino también a otras instancias del viejo Estado:
Asamblea Nacional, Tribunal Electoral, Consejo de Participación Ciudadana,
Fiscalía, Contraloría, Procuraduría, Superintendencia de Bancos y, obviamente,
los altos mandos de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional.
Pero habría que preguntarse: ¿qué proceso político y represivo permitió que
el régimen adquiriera las condiciones necesarias para entregar casi todo el
país al imperialismo?
Al respecto, consideramos varios aspectos. Es cierto que las
contradicciones interburguesas entre la burguesía compradora, expresada en
Lasso y Noboa, y la burguesía burocrática, representada principalmente por el
correísmo, simplificaron la lucha de clases y la redujeron, con ayuda del
revisionismo, el oportunismo y el indigenismo burgués, a una falsa
contradicción entre correísmo y anticorreísmo. Eso es fundamental. Pero existe
otro elemento de enorme trascendencia en el actual escenario: la desarticulación
y desmovilización del movimiento sindical, popular, campesino e indígena
durante el régimen de Rafael Correa.
No podemos pasar por alto que fue durante ese régimen cuando se impulsaron
cambios fundamentales en el Código Orgánico Integral Penal, COIP,
criminalizando la organización y la lucha popular. Fue también bajo ese
gobierno cuando se persiguió a organizaciones enteras. Basta recordar el caso
de los “11 de Luluncoto”. Del mismo modo, se promovió la desintegración de la
Unión Nacional de Educadores, UNE, que, más allá de haber estado dirigida por
el oportunismo del MPD, aglutinaba en su seno a los profesores del magisterio.
A cambio, el régimen creó una organización paralela que terminó absorbiendo a
ciertos elementos democráticos de la anterior estructura.
También se golpeó directamente al movimiento sindical. Y en esto debemos ser
muy objetivos en el análisis. Si bien gran parte de ese movimiento estaba en
manos de revisionistas y oportunistas, conservaba todavía cierta capacidad de
convocatoria y lucha. Frente a ello, Correa creó la Central Unitaria de
Trabajadores, CUT, y colocó al frente de esa organización al delincuente
Richard Gómez, a quien desde un inicio el Frente de Defensa de las Luchas del
Pueblo combatió decididamente.
Como era de esperarse, la política de contraponer organizaciones populares
con estructuras paraestatales tuvo efectos concretos. En alguna medida, colocó
la correlación de fuerzas a favor del viejo Estado. Richard Gómez, más tarde,
traicionaría incluso a la Revolución Ciudadana y terminaría robando los fondos
de los trabajadores de la empresa eléctrica y de las arcas del IESS, en calidad
de “representante de los trabajadores” ante esa institución. Hoy está prófugo.
Es decir, desde el gobierno y desde el Estado se contrapuso masas contra
masas.
Fue mediante estas medidas que se debilitó la capacidad de respuesta de las
masas, de las organizaciones sindicales, campesinas y populares. Solo quedó en
pie, con relativa fuerza, el movimiento indígena. Sin embargo, este terminó
siendo funcional al viejo Estado, porque su dirección fue fácilmente cooptada
por la reacción y por los sectores más conservadores del país. Dejaron como
saldo un residuo político que, a pesar de haber convocado a tres levantamientos
indígenas, terminó negociando la sangre del pueblo y haciendo lo que todos los
oportunistas han hecho: postularse como candidatos presidenciales, buscar
gobiernos seccionales y acomodarse dentro de la institucionalidad burguesa en
una clara manifestación de traición a los luchadores populares.
Pero este programa de desarticulación y desmovilización del campo popular
no ha sido obra exclusiva del correísmo. Continuó con Moreno, con Lasso y ahora
con Noboa. En este último caso, como expresión clara de intolerancia frente a
cualquier forma de oposición, el régimen acaba de defenestrar a Revolución
Ciudadana y a Unidad Popular, sacándolos del juego de la patraña electoral.
Hoy el correísmo busca quién lo adopte para no perder la posibilidad de
participar en las próximas elecciones. Unidad Popular hace lo mismo. Ya nos
tienen ‘acostumbrados’, se han colocado a la cola o bajo las patas de la gran
burguesía. A su tiempo tranzaron con la ID, el correísmo, Lasso e inclusive, el
mismo Noboa; se venden al mejor postor.
Sin embargo, este último caso (la UP) es más crítico, porque a pesar de que
esa organización no tiene más norte que el oportunismo electorero, sigue
manteniendo un discurso aparentemente “revolucionario”, que de una u otra
manera aporta al proceso de burocratización de las luchas del pueblo y a la
desmovilización revolucionaria. Ponen por delante las urnas antes que cualquier
otra forma de lucha, y lo hacen sobre la base de un programa trotskista y hoxista
que promueve una orientación falsa y equivocada sobre el tipo de revolución que
requiere el país.
Los dirigentes de esa organización ahora están preocupados por ver cómo
anclarse a la payasada electoral. Ese será, objetivamente, el fin político de
dicha organización.
Frente a esto, nosotros reconocemos que Unidad Popular es una organización
revisionista y oportunista. No obstante, en su seno también existen elementos
ajenos a la espuria y cobarde dirección; hombres y mujeres críticos, honestos o
bienintencionados, que creyeron en ese proyecto y se negaron a ver la realidad
objetiva del país y el rumbo que debe tomar el factor subjetivo: la
organización, el movimiento revolucionario, la construcción de una verdadera
dirección proletaria.
A esos militantes y exmilitantes de Unidad Popular les decimos que revisen
su posición, que hagan un correcto análisis de los postulados de ese partido y
vean más allá de esas cancina narrativa seudo revolucionaria; , que se hagan la
crítica sobre el camino o utilización de la vía electorera, burocrática, como
forma de lucha; que abran espacios de comunicación y que se incorporen a la
organización política correcta. Les decimos que se alineen con la única forma
posible de llevar adelante los cambios fundamentales y estructurales que
demanda el país, en función de los intereses de la clase, del campesinado pobre
y del pueblo: el camino democrático.
Hagamos de este Primero de Mayo una jornada rebelde y antiimperialista. No
podemos ni debemos separar la lucha por resolver las contradicciones internas
del país de la lucha contra el imperialismo. Toda lucha verdaderamente popular
debe comprender que la opresión interna y la dominación extranjera forman parte
de una misma estructura de explotación. Por eso, este Primero de Mayo debe
levantar una línea clara: contra el viejo Estado, contra el fascismo, contra el
oportunismo electorero y contra toda forma de intervención imperialista.
Hagamos de este Primero de Mayo un escenario de lucha de dos líneas; pero
también de lucha ideológica, elevándola al nivel de la lucha de clases contra
el revisionismo, el oportunismo y todas aquellas corrientes que insisten en
sustituir la lucha por paliativos como la revocatoria.
Son los mismos que siguen creyendo en la combinación de formas de lucha, en
las elecciones, en el ambientalismo reformista y en los reiterados llamados a
la “unidad de las izquierdas”; posiciones que los alejan cada vez más de la
coherencia ideológica y de los verdaderos objetivos de la clase y del pueblo.
Frente a ello, corresponde afirmar una línea consecuente, ligada de manera
indesligable a la guerra popular, a la Nueva Democracia como parte de la
Revolución Proletaria Mundial y a la conquista del comunismo, meta final de la
humanidad.
¡POR UN PRIMERO DE MAYO REBELDE E
INTERNACIONALISTA!
¡POR UN PRIMERO DE MAYO QUE AFIANCE LA ALIANZA
OBRERO-CAMPESINA-POPULAR!
¡VIVA EL FRENTE ANTIIMPERIALISTA DEL ECUADOR!
¡VIVA LA LIGA ANTIIMPERIALISTA!
¡VIVA LA LIGA COMUNISTA INTERNACIONAL!

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