PETRÓLEO DEL “SOCIALISMO DEL SIGLO XXI” PARA REFORZAR EL APARATO MILITAR IMPERIALISTA

El llamado “socialismo del siglo XXI” surgió en América Latina en medio de la colusión y pugna entre las potencias imperialistas y de la crisis del capitalismo burocrático en los países del tercer mundo. Esta crisis se expresó en el profundo deterioro de las condiciones de vida de las masas, sobre cuyos hombros las clases dominantes descargaron el peso de la bancarrota, y en la agudización de las contradicciones entre la burguesía compradora y la burguesía burocrática.

Apoderándose de un discurso patriotero, antiestadounidense, soberanista, y levantando la lucha contra el mal llamado “neoliberalismo”, -expresión radical de la burguesía compradora en los países semifeudales y semicoloniales-, sus promotores emprendieron una campaña para legitimar su política. Buscaron el apoyo popular con un “programa” dirigido a “recuperar” la soberanía nacional, “distribuir la riqueza”, defender los recursos naturales, ampliar los derechos sociales e incorporar a las masas a la vida política.

Los dirigentes que encabezaron este engendro tenían una particularidad: algunos eran desechos del progresismo y de la izquierda domesticada, incluidos exmiembros de organizaciones como AVC y el MPL. No provenían de la gran burguesía ni eran propietarios de grandes o medianos medios de producción. Eran individuos y colectivos al servicio de la facción burocrática de la gran burguesía y terminaron convertidos en sus operadores políticos y, no pocas veces, en socios menores de sus negocios. Ah, y también hubo uno que otro “tonto útil”; sobre todo en filas de Pachakutik y del PCMLE.

Los “operadores” políticos directos, comprendieron que el control del aparato estatal les permitiría reproducirse económica y políticamente hasta convertirse en una nueva expresión de la burguesía burocrática.

En Ecuador ya existía un antecedente de este “fenómeno”: los altos mandos de las Fuerzas Armadas. Las dictaduras militares ecuatorianas, a diferencia de otras de América Latina, se proclamaron nacionalistas y revolucionarias. No tuvimos un símil de criminales como Videla o Pinochet, pero eso no significa que fueran dictaduras que debían ser toleradas. Bajo aquella retórica surgió una nueva capa de terratenientes que aprovechó las reformas agrarias para apropiarse de grandes extensiones de tierra en el noroccidente, la Amazonía y otras regiones del país.

Muchos militares pasaron a formar parte de los grandes productores de palma africana y extendieron sus intereses hacia la banca y otros negocios. Personas de extracción popular usaron el Estado como palanca de acumulación y formaron una nueva capa de burguesía burocrática ligada al viejo Estado y al desarrollo del capitalismo burocrático.

El histórico de Hugo Chávez no fue diferente; representó los intereses de la burguesía burocrática venezolana desde un comportamiento político que fue hábil y efectivamente canalizado por esa facción que estaba en pugna con la burguesía compradora.

Inicialmente se convirtió en el eje de la llamada Revolución Bolivariana. Después siguieron Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador con el mamotreto de la “Revolución Ciudadana”. Como si los “ciudadanos”, al margen de las clases y de la lucha de clases, pudieran hacer una revolución.

Para encubrir ese programa burgués burocrático, montaron una parafernalia estridente y engañosa. En el Ecuador, por ejemplo, emitieron consignas como “Nada para nosotros, todo para la patria” y “Socialismo del buen vivir”. Hablaron de “participación ciudadana”, “democracia participativa y protagónica”; en Venezuela: proclamaron que “la patria ya es de todos”, “Venezuela ahora es de todos”; “Patria, socialismo o muerte. ¡Venceremos!” y “Rumbo al socialismo del siglo XXI”; en Bolivia, “Mandar obedeciendo al pueblo”, “Bolivia digna, soberana y productiva”, “Tierra y territorio” y “Refundar Bolivia”.

Con esa verborrea fantasiosa buscaron confundir a las masas y dar un barniz rojo a un proyecto burgués-terrateniente que oscilaba entre el amarillo y el rosa. Ocultaron que, en nuestras sociedades semifeudales y semicoloniales, no corresponde una revolución socialista, sino una revolución democrática de nuevo tipo. Además, es obvio que una revolución “socialista” es imposible llevarla a cabo sin revolución armada y dirigida por el proletariado; por lo tanto, no puede hacerse mediante las elecciones ni levantarse sobre el viejo Estado, que expresa la dictadura conjunta de los grandes burgueses y terratenientes. El llamado “socialismo del siglo XXI” fue, en los hechos, una vía necesaria para reactivar el capitalismo burocrático y contener la lucha revolucionaria de las masas.

Buena parte de la izquierda domesticada y del oportunismo hizo suyo este proyecto. Partido Socialista del Ecuador, PCMLE, Pachakutik, entre otros, renunciaron a la posibilidad de la lucha popular, y amarraron más aún a las masas a los procesos electorales, y presentaron la administración del viejo aparato estatal (gobierno) como una “vía hacia el socialismo”. Los más confundidos sostuvieron que esos gobiernos expresaban a la burguesía nacional. Fue un error político e ideológico: una cosa es la burguesía nacional, oprimida por el imperialismo y constreñida por el capitalismo burocrático, y otra muy distinta la burguesía burocrática, que crece ligada al aparato estatal, los contratos públicos y el capital imperialista.

Algunos de estos gobiernos redujeron en algo sus compromisos económicos y políticos con los EEUU, (aspectos que no alteraron la estructura de dominación que sostienen desde fines del siglo XIX) a cambio, abrieron las puertas al capital chino, al que presentaron como socio soberano y alternativa “multipolar”. El imperialismo chino actuó como todo imperialismo: nos ató con deuda externa; exportó capitales y mercancías, aseguró materias primas, conquistó mercados y cerró el paso al incipiente proceso de industrialización, mientras nos hundía en proyectos mineros a gran escala.

Sus productos baratos golpearon brutalmente a la burguesía nacional, totalmente incapaz de competir con los monopolios chinos y su producción masificada, mucho menos, en el caso del país, con una economía dolarizada y sometida históricamente al imperialismo.

Los sectores populares, antes arrumados al olvido por gobiernos al servicio de la burguesía compradora, encontraron en el socialismo del siglo XXI un espacio que les abrió la expectativa de mejores días. En una primera etapa, estos gobiernos aplicaron medidas sociales que captaron la atención de las masas; a la final, el aumento de ingresos por exportación de petróleo, les permitió financiar programas de salud, educación y vivienda, mejorar la infraestructura vial; y, entre otros, entregar subsidios a los sectores más deprimidos de la sociedad. Pero, de espaldas a esta tibia realidad, los gobiernos bolivarianos profundizaban la reprimarización de la economía: ampliaron la extracción de minerales y gas en Bolivia, y la explotación petrolera en Ecuador y Venezuela. Es decir, no  salíamos del entrampamiento semifeudal.

Con todo ese vendaval populista, los dirigentes de estos procesos ganaron algo de respaldo popular. En Venezuela, el chavismo despertó una corriente “antioligárquica” y un sentimiento de soberanía nacional. En Bolivia, el ascenso de Evo Morales recogió la lucha acumulada de campesinos, obreros y pueblos indígenas. En Ecuador, el correísmo aprovechó el rechazo a las expresiones más retardatarias de la gran burguesía y grandes terratenientes para levantar una corriente falsamente revolucionaria que embruteció incluso a sectores de izquierda y del movimiento indígena que estaban convencidos de que vivían una revolución.

La estrategia de la mal llamada Revolución Bolivariana abrió espacios en la administración pública, las asambleas, los congresos y los gobiernos seccionales a viejos dirigentes populares, sindicales e indígenas. Gracias a los ingresos disponibles, estos gobiernos mejoraron en algo el funcionamiento del aparato burocrático del viejo Estado y difundieron la idea de que “el Estado está para servir a todos”. Con ello borraban su carácter de clase y ocultaban que ese Estado sirve a la dictadura conjunta de los grandes burgueses y terratenientes.

Esta fase del mentado “socialismo del siglo XXI” fue clave. La mayor intervención del Estado en la economía y, en particular, en la contratación pública, fue la panacea para el mayor enriquecimiento de la gran burguesía. Al darle mayor protagonismo y presentarlo como un “Estado empresarial”, se ampliaron las concesiones y se firmaron contratos y convenios con grandes empresas nacionales y transnacionales. Terratenientes, mineras e incluso monopolios imperialistas accedieron a concesiones a gran escala. Todas las facciones burguesas y terratenientes recibieron su porción de torta.

La inversión en obra pública tampoco benefició por igual a toda la sociedad. Los principales favorecidos fueron las grandes constructoras, los comerciantes y proveedores de materiales y maquinaria, los intermediarios, la banca y determinados grupos vinculados al transporte y otros servicios. El Estado concentró y distribuyó enormes recursos mediante contratos, créditos, concesiones y compras públicas que alimentaron las ganancias de estos sectores de la gran burguesía.

Para tener una idea más clara: los constructores en el período 2008-2026 tuvieron su pico más importante en el 2014, régimen de la “revolución ciudadana” con un récord histórico de USD 6.893 millones, representando un 9,83% del Producto Interno Bruto (PIB). Entre el 2016 y el 2017 se entregaron en concesión 2.9 millones de hectáreas a distintas empresas y países. Canadá, China, Austria, entre otras.

En ese mismo período, la banca privada tuvo récords de ganancia; acumuló utilidades netas totales por USD 2.820 millones de dólares.

El “socialismo del siglo XXI” formó una base social cautiva, sobre todo en el terreno electoral. Sus gobiernos recurrieron al populismo y, en algunos casos, asumieron comportamientos abiertamente fascistas, como ocurrió con Rafael Correa. El correísmo utilizó la influencia que la vieja izquierda oportunista y revisionista conservaba entre las masas para crear organizaciones paralelas en el campo popular. Aplicó la política de confrontar masas contra masas con el propósito de dividir y neutralizar la protesta popular, sobre todo, de aquellos que no “comieron cuento” con esa pendejada del socialismo del siglo XXI.

También aprobaron nuevas constituciones y ocuparon una parte del aparato administrativo, pero dejaron intacta la estructura del viejo Estado. Esas constituciones proclamaron derechos sociales e incorporaron conceptos como democracia participativa, derechos de la naturaleza; Estado plurinacional, poder ciudadano... Así entregaron a la izquierda oportunista y a los pachamamistas lo que siempre habían buscado: reivindicaciones que podían ser justas bajo determinadas condiciones históricas, pero que fueron convertidas en el techo de sus aspiraciones, en el límite que no estaban dispuestos a traspasar. Para esa izquierda y buena parte de la dirigencia indígena, aquello lo era todo. A cambio de reformas y espacios dentro del Estado, renunciaron a destruirlo y contribuyeron a conjurar la revolución popular.

Las pugnas al interior de la gran burguesía, (burguesía compradora-burguesía burocrática) fueron intensas y, en ocasiones, violentas. En Venezuela, Bolivia y Ecuador se produjeron choques, represión y muertes. Estas contradicciones expresaban el descontento de las masas, pero también la disputa por el control del Estado y el reparto de dentelladas de la vaca gorda.

Nuestros países también se convirtieron en terreno de disputa entre las potencias imperialistas. Estados Unidos, China, Rusia, Alemania y Francia compitieron por las concesiones mineras, los mercados, el gas, el petróleo y otros recursos, sin perder de vista la posición geopolítica de cada país.

La burguesía burocrática, amparada en la retórica grandilocuente de Chávez y Correa, nos vendió la idea de que alejarse del imperialismo yanqui para caer en las fauces del imperialismo chino o ruso era más digno para nuestros pueblos. Muchos izquierdistas despistados llegaron a considerar, y todavía consideran, que China es socialista y que la Rusia actual es la misma Unión Soviética de la primera mitad del siglo pasado. ¡Patrañas!

La Revolución Bolivariana habló de unir a empresarios “patrióticos”, militares, trabajadores, campesinos y funcionarios alrededor de un proyecto nacional. El MAS boliviano pactó con cooperativistas mineros, grandes empresarios, agroindustriales de Santa Cruz y organizaciones campesinas. Rafael Correa propuso modernizar el “capitalismo” ecuatoriano bajo una dirección estatal fuerte. Lo llamó “cambio de la matriz productiva”; algo que “olía” a industrialización; pero no,  fue otro cuento más.

La bancarrota de estos procesos no tardó en aparecer. En Venezuela, los bloqueos económicos y comerciales impuestos por Estados Unidos fueron estrangulando la economía. Mientras chinos y rusos apenas andaban por el cogollo o por las ramas, los yanquis llevan más de un siglo enquistados en las raíces de la estructura económica venezolana. La ofensiva del imperialismo redujo los ingresos y empujó al gobierno a recortar la obra pública y los programas sociales. Una vez más, las masas cargaron con el peso de la crisis.

En Ecuador, el imperialismo yanqui intentó recuperar el terreno perdido frente a China y Rusia bajo el discurso de la “recuperación de la democracia”. En Bolivia y Ecuador no aplicó la misma estrategia que en Venezuela (bloqueo económico, criminalización de dirigentes intervencionismo militar); por el contrario: espoleó a una oposición belicosa y aprovechó las contradicciones internas, incluidas las de antiguos aliados de Morales y Correa, para minar desde dentro el proyecto bolivariano. Desarrollaron campañas utilizando plataformas digitales para desinformar a las masas y a los dirigentes, les tiraron toda su capacidad mediático-jurídica para ‘neutralizarlos’

Fue entonces cuando quedaron expuestas las limitaciones de estas “revoluciones” que solo existían en la cabeza de sus mentores. Estar en el gobierno y administrar el aparato estatal no significa tener el poder.

Vendieron la idea de que el burgués burocrático era un burgués nacional y que, por tanto, debía recibir el apoyo del Estado: créditos, contratos, mercados y alianzas con imperialismos de distinta bandera. Bajo ese argumento fortalecieron a una facción de la gran burguesía. Esa fue la esencia de su proyecto.

Hoy, años después de aquel oleaje producido en un charco de agua, y de ese bosque de bonsáis vendidos como selvas imponentes, solo queda la hojarasca, teñida por la decepción, el desencanto y la corrupción. Queda también la derrota circunstancial de la burguesía burocrática, que perdió terreno en casi todos los países donde alimentó la ilusión de una revolución del siglo XXI.

Pero las secuelas son profundas y dolorosas. Desmontaron o golpearon sindicatos y organizaciones indígenas y populares. Cuando el pueblo se movilizó para enfrentarlos, recurrieron al fascismo, a encarcelar luchadores populares, destruyeron organizaciones populares y sindicales que en el tiempo no han podido reconstituirse. Eso explica, en buena medida, lo que sucede ahora en Ecuador: un movimiento popular debilitado y casi desmovilizado por el correísmo, el revisionismo y el oportunismo, excrecencias del mismo estercolero político. Entregaron el país al imperialismo en bandeja de plata.

Como resultado de ese trabajo de desmovilización, hoy enfrentamos en condiciones desfavorables la ofensiva imperialista contra el país. Tenemos militares yanquis y sionistas operando en Ecuador, mientras las Fuerzas Armadas y los grupos de delincuencia organizada masacran al pueblo, desaparecen a luchadores populares y afianzan un Estado policíaco, carcelario y represivo.

En Venezuela, los hechos fueron tan dramáticos como en Bolivia y Ecuador, o incluso más. Los cañonazos de pólvora mojada lanzados por Maduro, Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello y las Fuerzas Armadas terminaron convertidos en una farsa frente a la agresión imperialista.

Ante la invasión yanqui, nadie salió a defender aquella “revolución”. Ni siquiera los militares que desfilaban por Caracas entonando canciones revolucionarias y lealtades absolutas a Maduro. Solo combatió un puñado de internacionalistas cubanos que consideró correcto defender un proceso incapaz de responder con la dignidad mostrada por el pueblo cubano durante su larga resistencia. Ellos defendieron también la ilusión de quienes habían visto en el bolivarianismo una salida revolucionaria y la posibilidad de construir una sociedad distinta.

 

Petróleo del “Socialismo” venezolano para la maquinaria de guerra imperialista

La entrega del petróleo venezolano a Estados Unidos desnuda por completo la bancarrota del llamado “socialismo del siglo XXI” y su verdadero carácter de clase. No queda ni mierda de aquello que pregonaban con una vehemencia y que en sus inicios vomitaba fuego. La soberanía, el antiimperialismo y la revolución fenecieron sin más trascendencia que aquella mostrada por Maduro abandonado por sus compañeros, esposado y embarcado a una cárcel en EEUU.

La dirigencia que relevó a Maduro encabezada por Delcy Rodríguez, con el respaldo del Partido Socialista Unido de Venezuela, decidió someterse al mismo imperialismo yanqui -que otrora ‘combatían’- con una virulencia increíble.

Hace unas pocas semanas, Venezuela acaba de conceder por cien años la explotación de campos que contienen alrededor de 65.000 millones de barriles de petróleo, cerca del veinte por ciento de sus reservas. El gobierno estadounidense controlaría el 55 % de la empresa conjunta, mediante participación directa o el derecho a obtener petróleo al costo. Donald Trump celebró que la operación duplicará las reservas bajo control estadounidense, mientras Delcy Rodríguez la presentó como un acuerdo para la “recuperación económica del país”. El PSUV también lo respaldó y lo calificó como un mecanismo destinado a proteger los intereses nacionales. Imbéciles, entregan soberanía y recursos al imperialismo y hablan de intereses nacionales.

Como si en Venezuela no se hubiera producido un verdadero sismo político, la burguesía burocrática entrega una parte de la principal riqueza del país a la potencia que bloqueó su economía, intervino en sus asuntos internos, impuso sus condiciones por las armas y secuestró a su máximo dirigente, Maduro para llevarlo a una cárcel en EEUU. La dirigencia venezolana no resistió: capituló. Ante la presión imperialista, abandonó la soberanía que proclamaba y convirtió el petróleo del pueblo en garantía de su propia supervivencia política.

Esta capitulación no es obra de Delcy Rodríguez. Pensamos que acusarla solo a ella es perder objetividad. Que se portó como una perra faldera, pues sí, lo hizo; pero, en el fondo, no es la única culpable. Tampoco Maduro. El problema es más profundo: es ideológico. Es el resultado de la línea que orientó desde el principio a la Revolución Bolivariana.

El chavismo nunca destruyó el viejo Estado ni destruyó las relaciones económicas que atan a Venezuela al imperialismo. Jamás lo iba a hacer. Era y es parte de la gran burguesía, y hay que estar medio locos para pensar que iba a cometer un harakiri político. Lo que hizo fue administrar el capitalismo burocrático con una narrativa tapiñada con algo de populismo y consignas revolucionarias;  distribuir una parte de los ingresos petroleros y presentar aquella “bonanza” como fruto de un proceso revolucionario que nunca existió.

La traición del chavismo al pueblo venezolano adquiere una dimensión aún más grave porque el petróleo entregado fortalece a Estados Unidos e Israel y contribuye a sostener la guerra criminal en Asia occidental. Los muertos que deja el imperialismo y el sionismo en Palestina, Líbano, Yemen e Irán no solo son producto de la bestial agresión yanqui y sionista; también lleva la impronta de la dirigencia cobarde y traidora de Venezuela. Ellos, los dirigentes del gobierno y del PSUV son cómplices, contribuyen a esa campaña militar que el imperialismo despliega en cualquier lugar del mundo e inclusive en aguas ecuatorianas, donde masacra a pescadores artesanales con el pretexto de combatir el narcotráfico o el criminal bombardeo a mineros artesanales cuya neutralización es una exigencia de la gran empresa minera monopolista.

¿Qué queda entonces del antiimperialismo bolivariano? Nada. Como dice nuestro pueblo en la calle; ¡ni mierda! La misma dirigencia que utilizó la causa palestina como parte de su propaganda acepta ahora que la riqueza venezolana fortalezca al principal protector de sus verdugos. La solidaridad con Palestina quedó reducida a discursos, banderas y declaraciones diplomáticas; lo cierto, lo objetivo, les terminaron clavando un puñal por la espalda.

Debemos hacer balance de todo esto; es importante. Debemos analizarlo más y mejor. Al final, todo nos reafirma en el camino. No hay lugar para “medias tintas”. No podemos caer en el juego de esa izquierda miserable del país que, usando anteojeras de mula, sale a respaldar un proyecto de la burguesía burocrática en nuestros países, donde el discurso revolucionario encubre lo más oscuro de la estrategia burguesa en medio de sus contradicciones internas.

La gravedad de los hechos tiene una enorme repercusión en el pueblo venezolano, pero también al resto de pueblos cuyos gobernantes apostaron por la “revolución del siglo XXI” Esta supuesta burguesía burocrática “progresista” logró meter al congelador, durante muchos años, la capacidad organizativa y combativa de amplios sectores populares. Del otro lado, la burguesía compradora, más “entrepiernada” con los yanquis, trabajó la derrota de la burguesía burocrática mediante una poderosa campaña publicitaria desplegada por todos los medios posibles: formales, informales y educativos. Les hizo creer que ese mamotreto de que esa “revolución” era poco menos que el comunismo más rojo que jamás había vivido la humanidad.

“Tiraron bandera negra” hasta tal extremo que hoy, en Ecuador, cualquier individuo, organización o grupo que proteste contra el régimen criminal de Noboa es estigmatizado como correísta. Y, según este fascista y el imperialismo, ser correísta es sinónimo de comunista, guerrillero o revolucionario.

Siempre debemos entender que en el seno de la gran burguesía hay colusión y pugna. Sus facciones coluden cuando la “seguridad” del viejo Estado se ve amenazada por los elementos conscientes de la clase y del pueblo, pero también pugnan entre ellas, incluso con violencia, por el control del Estado y el reparto de la riqueza.

Saquemos lecciones de todo esto. ¿La conclusión? El único socialismo al que puede llegar América Latina será el que nazca después de una revolución de Nueva Democracia dirigida por el proletariado. Y eso no se hace desde las urnas, tampoco  tomando un “cafecito” o metiéndose ayahuasca como locos en una jarana indigenista; sino mediante la organización, la guerra popular y la conquista del Poder. Solo entonces se podrá dar paso al socialismo y a la dictadura del proletariado. Si no es esto, es nada.

 

¡LA NUEVA DEMOCRACIA, LA ÚNICA REVOLUCIÓN POSIBLE EN LOS PAÍSES DEL TERCER MUNDO!

¡SIN DESTRUCCIÓN NO PUEDE HABER CONSTRUCCIÓN!

¡SIN GUERRA POPULAR NO PUEDE HABER NUEVO PODER!


 

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