Carta al camarada Milton Reyes, el “zurdo”.



Milton reyes, en el corazón y las luchas de la clase y de los pueblos oprimidos del mundo

Estimado “zurdo”, en medio de cuarentena que ha devenido en una guerra en contra del pueblo, con mucha nostalgia recuerdo nuestra querida tierra: Alausí;  con esas  calles empedradas y estrechas, con pendientes tan pronunciadas donde no siempre era lo mismo ir que venir. Imagínate, en La calle larga, junto al cementerio de los menesterosos, la gente jura y rejura que aún ven surcar por los cielos en sus rústicas escobas a Las Voladoras, a la Fille Huaraca y a la Trini Mancheno para luego santiguarse tres veces seguidas, por si acaso.

Parece que el tiempo se detuvo en esas calles que son acompañadas como en esa procesión del tiempo por viejas casas, muchas de adobe y con teja donde con facilidad anidan las golondrinas después de abril.

Seguro tendrás inquietud por el tren, los rieles, donde jugabas a equilibrista tratando de no caer por cientos y cientos de metros sin percatarse de que el tiempo se había devorado las horas hasta abrazar la noche. Si, sigue prácticamente igual. Los viejos aún manejan sus horarios tomando como referencia el silbato del tren cuando llega a la estación. Es ahí donde el pueblo vibra, vive. Es ahí precisamente dónde a menudo te salgo a buscar y en verdad, no es muy difícil encontrarte, pues te veo en otros muchos niños haciendo lo mismo que tú hacías, jugar a no caerse de los rieles o a treparse en la parte posterior del tren en movimiento.

Te cuento que las condiciones de trabajo de los campesinos no es diferente a antes de tu partida  con el gamonal dueño de la tierra y el jornalero explotado; los compañeros con sus ponchos rojos aún trabajando con la yunta y el buey en la parcela, aunque la tierra ya no es la misma, ya no es tan fértil, es más seca y dura, pero sigue siendo eso, la tierra por la que se justifica todo, hasta verter sangre.

Te comento que también añoro Riobamba, especialmente al colegio Maldonado, como tú lo llamabas “el papá Maldonado”; vaya chauvinismo a flor de piel. Nuestros compañeros los “aucas” y el bullicio de en esas aulas enormes, coloniales, que sólo perdían vida en las vacaciones de agosto. El colegio de aquellos tiempos lleno de estudiantes que venían del seno del pueblo y que se convirtió en el semillero de jóvenes rebeldes.

Se me vienen a la mente tus discursos. Quién mejor que tú zurdo para convocar a las jomadas de lucha. Como presidente de la Liga Estudiantil, desde muy joven, con firme liderazgo y voz de trueno llamabas a combatir al gobierno asesino de Camilo Ponce que no escatimaba en emplazar a sus jaurías a  perseguir, torturar y asesinar a nuestros compañeros mientras que el periódico Plus Ultra nos educaba, organizaba y agitaba, fomentando conciencia revolucionaria en los “maldonadinos” para cargar al frente sin tapujos, sin miedos.

¿Recuerdas la guerrilla del Toachi?, ¡qué experiencia!, éramos tan jóvenes y menudos. Pretendíamos tomar el cielo por asalto, con armas maltrechas tentábamos encender la chispa en la pradera. Vaya intento, determinó caigamos detenidos. De todas maneras esa era una opción, las otras, el destierro, la desaparición o morir transitando el sendero luminoso de la revolución.

Cuando te detuvieron y te encarcelaron en el penal García Moreno no te quebraste, no fuiste débil, tenías conciencia de clase y eso te hacía fuerte, indómito, indoblegable.

Aún recuerdo cuando hicimos de la cárcel una trinchera de combate. Cuando  en una ocasión decidimos tomarnos por asalto una celda de presos aburguesados que lo tenían todo, inclusive  comida enlatada por montones.  Lo hicimos, nos llevamos la comida y luego la distribuimos a los presos que no tenían nada, salvo hambre. Nos sentamos a la mesa con ellos, con los indigentes, con la prole del Penal. Asistimos a la cena más pura, digna y cálida que persona alguna se pueda imaginar.

No podía ser de otra manera. Nos delataron, nos denunciaron, y era irremediable y hasta indetenible que se nos venga encima la violenta arremetida de los guardias del Penal. El guía penitenciario amenazante preguntó quién fue el responsable del robo de la comida. No diste tiempo a nada, ni siquiera a que nuestros ojos se busquen para extraviarse en la duda; no, hiciste lo que hacen los líderes que se forjan en la lucha, del lado de la clase, del pueblo, te pusiste de pie y asumiste la responsabilidad con presteza, determinación y hasta con rebeldía. Fue en ese momento y en esas condiciones que aprendí a hacer de cada lucha, por más pequeña y aparentemente insignificante que se muestre, una lucha que aporte a la revolución; a la necesidad de hacer de cada espacio, por más pequeño que sea, una  luminosa trinchera de combate.

Tampoco puedo pasar por alto tus luchas en la universidad; precisamente cuando la Universidad Central era un verdadero nido de águilas del cual se desprendían las más hermosas jornadas de lucha. Cuando la FEUE era eso, la  FEUE,  una organización que fomentaba la lucha, cuando desde sus entrañas despertaba el relámpago rojo para combatir a los gobiernos dictatoriales. Cuando desde sus entrañas nacía la organización estudiantil, popular, en esas clandestinas y conspirativas reuniones en el paraninfo de Jurisprudencia desde donde salían tremolantes los destacamentos rojos siempre dispuestos a llegar hasta Carondelet, el reducto donde reposan las gárgolas del viejo Poder  y hacías remecer  sus cimientos hasta ponerlos al borde del delirio.

Guambras rojos, alegres y combativos. Eso éramos, guambras empeñados en organizar la miseria para derrumbar el viejo orden; los que hacían de la revolución una fiesta a la que asistíamos prestos, decididos y convictos de nuestros propósitos.

Milton, lastimosamente hoy la FEUE no es ni un pálido reflejo de lo que fue cuanto tu nervio rebelde le daba vida. Hoy está ausente y ajena a los estudiantes pobres; de los obreros, mucho más lejos del campesinado miserable y oprimido. Hoy no pasa de ser sino una guarida de perros dóciles y amaestrados por aquellos a los que con tanto ímpetu y valor combatiste. Es más, estos miserables, profanando tu nombre, tu trazo, tu firmeza te reivindican en medio del jolgorio electoral del trasnochado poder burgués-terrateniente que se resiste a morir. Los miserables tomándose tu nombre de manera atrevida e insultante bailan, brincan de la mano, algunas veces del lado de la burguesía burocrática; otras, de la compradora, no importa de quién, sino de quienes les tire  mendrugos de pan para que se entretengan en medio de sus inmundicias.

¿Recuerdas a los “cabezones”?, bueno, así los llamábamos, súbditos criollos del revisionismo jruchovista. Hasta ahora conservan su mote, su sobrenombre. Hoy son más abiertamente revisionistas. Nunca nos equivocamos en desenmascararlos y combatirlos. Desde pelados, con los compas más avanzados de la URJE y del FRIU, que también lo creaste, los jodimos por traidores: los perseguimos, los emboscábamos para darles su merecido por traficar con  la desgracia y el dolor de nuestro pueblo en las urnas. Ellos, los dirigentes, se quedaron con sus sueños de perro flaco, ganar elecciones; nosotros, con las bases, con los jóvenes ansiosos por transformar la patria. Aún resuenan entre las paredes de la universidad tu llamado a darles con todo, con profundo odio de clase para que no se reproduzcan. Bueno, de pronto no se los exterminó como debería y aún hay algunos que parasitan del viejo Estado y sostienen una camarilla que no pasa de tener más trincheras que las urnas.

Zurdo, que peligro fuiste y sigues siendo  para los burgueses y terratenientes. Hicieron lo imposible por tomarte, porque quitarte tu impulso, tu vuelo, de cóndor, de huiracchuro, de quinde,  mirlo rojo. Te persiguieron tanto y con todo su aparataje militar que te viste obligado al exilio en Chile.

Ya allá entendiste de mejor manera la diferencia en  tomarse el gobierno por las urnas y en tomarse el poder por las armas. Lueguito en 1966 decidiste viajar a la gran China, la República Popular, la del presidente Mao. Llegaste cuando se desarrollaba la Gran Revolución Cultural, cuando de la revolución de Nueva Democracia se daba el paso, en medio de la lucha de clases, al socialismo. Qué tremendo salto diste en tu forja como comunista; tanto que llegaste a compartir un café caliente en la oficina del presidente Mao. No puedo ni voy a ocultarlo, pero siempre envidié de ti ese momento. Quién diría, uno de los nuestros, de la clase, del pueblo, codeándose con el presidente Mao, el águila de águilas.

La experiencia te permitió dar un salto de calidad y de cantidad en tus convicciones, en tu ideología. Palpaste sobre los hechos cómo cambió la China de ser un país semifeudal y semi colonial a una potencia al servicio de la revolución proletaria mundial, claro, desgraciadamente mientras el presidente estaba con vida.

Nunca fuiste uno más del montón, mi querido zurdo, fuiste diferente, de otra estirpe.

Te doy una mala nueva. 6 años después de tu partida, el presidente Mao murió (1976) y no sólo dejó gran vacío sino que no le alcanzó la vida para consolidar el Poder de la clase y propio de los recodos, el revisionismo asaltó Poder y el traidor de Deng y su camarilla se dio modos de restituir el viejo orden. Hoy ya no es la China Popular, la de la alianza obrero-campesina; es una potencia imperialista que pugna y colude con otros imperialismos en la repartija del planeta; de hecho, te comento que se ha dado  modos para someter al país vía créditos utilizando la deuda externa como cadena de dominación. Ha invadido nuestros recursos naturales; ha logrado convertirnos también en su mercado disputándose con los EEUU abiertamente tenernos en condiciones de semicolonia.

Cuando regresaste al país dos años después de estar en China ya no eras el mismo, nunca podías seguir siendo el mismo, eras  otro, diferente; ahora eras el necesario.

No podías ni debías seguir manteniendo ese espíritu aventurero del impulso que se pretendió dar en el Toachi. Viniste científico de las ciencias proletarias, el que conocía el marxismo, leninismo, pensamiento Mao Tse-tung. En el mejor constructor, en un rudo albañil que desde su nuevo andamio ladrillo a ladrillo estructuraba sistemáticamente los peldaños para la  construcción del Partido, Frente Único y Ejercito Popular para desamarrar del cielo los truenos, relámpagos y tormentas de la Guerra Popular.

Viniste con la plena consigna y tarea de que había que destruirlo todo, que no podíamos dejar piedra sobre piedra de cualquier vestigio del imperialismo, del capitalismo burocrático, de la dictadura de grandes burgueses y grandes terratenientes; es más, de no dejarle un solo milímetro de espacio al revisionismo porque caso contrario nada habremos hecho.

Viniste a crearlo todo, porque sabías que lo existente no valía, no eran los instrumentos necesarios para hacer la revolución. Que lo construido hasta entonces era funcional para el revisionismo y la contrarrevolución. Diste paso a la organización de obreros vinculados a las organizaciones campesinas: creabas asociaciones de comerciantes, te veíamos en las barriadas populares, hombro a hombro con el sindicato de betuneros o  protestando con los estudiantes y maestros. Es decir, siempre te veíamos porque estabas donde era necesario estar, donde urgía organizar la revolución.

Me pregunto ¿fue un acierto ser parte del comité central del PCMLE? Siempre me quedarán dudas al respecto. Ahora sabemos con certeza de que hubo muchos agentes infiltrados que buscaban la manera de aislarte; de quienes  deseaban tu caída, que buscaban la manera de neutralizarte porque tú ya pusiste una distancia insalvable con el viejo Estado y con todos los que traicionaban al pueblo.

Saboteaban tus planes de aplicar la ciencia del proletariado, cercar las ciudades desde el campo; de no permitir que las masas sean arrastradas al camino burocrático de las elecciones burguesas; combatir las falsas ilusiones del constitucionalismo burgués, del reformismo pequeño burgués que era el motor que movía a los revisionistas y oportunistas.

Lo sabotearon todo, es más, estos miserables aún te citan, te hacen homenajes, pero a la vez te esconden, te niegan, te barnizan, te quieren pintar dócil, como un combatiente en abstracto, sin referente ideológico, sin alma. En su mezquindad esconden tu viaje y formación en la China del Presidente Mao, es más, ocultan que en 1970 el PCMLE contigo a la cabeza se aprueba la  Línea Política y el Programa General de la Revolución Ecuatoriana que era de Nueva Democracias, es decir que estaba ceñido al marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tse-tung
Sabotearon tus planes de difundir lo nuevo, la síntesis de la revolución de octubre en Rusia, de la dictadura del proletariado, de la guerra popular. La Revolución Cultural  y revolución en China: la línea política e ideológica del maoísmo, la línea roja en el proletariado internacional y la única línea posible del proletariado capaz de conducir al campesinado pobre y a las masas explotadas a la conquista del Poder.

No conociste de medias tintas en el combate al imperialismo yanqui; tampoco te dejaste arrastrar por los falsos trinos del socialimperialismo soviético; no, no fuiste ni un tantito de ingenuo para dejarte llevar por esa ola negra de la reacción que venía cabalgando en los corceles de la traición que atrevidos enarbolaban banderas rojas para captar fatuos seguidores.

Te cuento, cuando los policías asesinos te arrancaron la vida, no esperaron siquiera a que tu cuerpo inerte aún sea abrazado por el frío, para que aquellos que se decían tus camaradas se tomen el PCMLE para tirarlo al barranco, a la letrina de la burguesía. Después de 1978 renegaron de tu trazo, de tu memoria; decidieron no sólo no seguir con el pensamiento Mao Tse tung, es más,  ya en los patios y aulas de la universidad se dejó de escuchar ese cántico de que (…) cuando te digan chis, nosotros le decimos nos, cuando te digan nos, tu les dices chis, chis, chis, nos, ¡¡chinos, chinos, chinos revolución!! No tardaron en desaparecer los brazaletes en el brazo, y arriaron las banderas del sol rojo de la revolución para correr tras la madriguera de Enver Hoxa y hacer filas en la contrarrevolución y en  el más pútrido de los destacamentos llamados a combatir el maoísmo.

Se convirtieron en lo que repudiábamos, en nuestra negación;  se unieron en varias ocasiones con los cabezones, participaron en las elecciones burguesas; se aliaron con las expresiones más recalcitrantes de la gran burguesía y de grandes terratenientes, se tiraron al barranco y en su precipitada caída se fueron llevando algunos sueños por la conquista del Poder.

Este momento vale la pena hacer el balance y cuestionarse el por qué no fuimos lo suficientemente duros para golpear como se merecen estos soplones, engendros de la contrarrevolución. Y lo digo de manera autocrítica, debimos, y aún debemos ser más duros contra el revisionismo, y no importa un carajo si para eso necesitamos devenir en ser cruentos.

Ese error de omisión, de permisibilidad determinó que estos miserables levanten tu nombre, tu imagen como parapeto para sus oscuros planes electorales pretendiendo   echar a tierra tu vida, tu esfuerzo vital por otorgarle a la clase y a nuestro pueblo la guía correcta para hacer la revolución, entonces, el pensamiento Mao Tse-tung.

Hay tantas y tantas cosas que no puedo olvidar de ti. De pronto se me vienen las largas jornadas de lucha en contra del fascista  Velasco Ibarra,  cadavérico tipejo que apoyado por los de ARNE y por los cabezones, no se hartó de reprimir al pueblo.

 No olvidaré la reunión de los dirigentes estudiantiles que se llevó a cabo en Carondelt, el 10 de Abril de 1970 a la que asististe.  Horas después te secuestraron, esta vez, para siempre.

Después de una jornada de combate, Velasco trató de llamar a la reconciliación y convocó a la dirigencia estudiantil a una charla en su cuchitril y tratar las condiciones para bajar los niveles de contradicción que existían en el país. No cediste; no le entregaste la iniciativa, no te amilanaste, mantuviste tu coraje y rebeldía propia de los maoístas. ¿Recuerdas? El bellaco, el títere del imperialismo te soltó una advertencia que más que amenaza olía feo, pútrido, olía a sentencia: “señor Reyes tenga cuidado”; el miserable creyó que podía intimidarte, no obstante saliste de ahí con más bríos, con más decisión para confrontar al tirano.

Siempre andabas portando una vieja pistola en tu cinto, porque sabías que eso de hacer la revolución no es cosa de palabras, sino de acción, como lo decía el Presidente Mao, un hecho violento donde una clase desplaza a otra del Poder. Y ya te hirieron en una ocasión y tenías una placa en la cabeza que reemplazaba parte de tu cráneo. También te secuestraron en otra, y saliste maltrecho, pero fortalecido.

Milton Reyes, el zurdo, el chagra de Chimborazo, el auca del Maldonado, mi amigo, mi hermano, pero sobre todo, algo más grande que eso, mi camarada te me perdiste en una fría mañana del 10 de abril de 1971cuando fuiste detenido por los perros de la reacción. 2 días después  abril te encontraron tirado en medio de la yerba verde y crecida por las aguas de abril en la quebrada de la Chilena, en San Juan, Quito. Estabas ahí “lleno de mundo” con los dedos mutilados, desprendidos. En la piel de tu tórax se mostraban las huellas de quemaduras hechas con cigarrillos. Tu cuerpo fue recreado una y mil veces por la tortura, y como si fuese poco, te dejaron clavado un gancho de metal en la quijada. ¡Cuánta insania, cuánta sevicia!

Tu cuerpo fue velado en el Teatro Universitario y era visitado por las vírgenes del pueblo que asistieron con sus polleras largas y sus mandiles del mercado, te dejaban escapularios bendecidos sobre el féretro.

Las menesterosas, los obreros y campesinos, estudiantes rebeldes que al unísono jurábamos cobrar justa venganza que no puede no debe diluirse en el tiempo.

Estuvieron presentes militantes de las barriadas populares, del sindicato de betuneros y canillitas, creo que no faltó nadie el pueblo se dio modos de meterse en el Teatro para darte la última despedida, la última mirada. Ríos de masas que te daban parte de que estaban ahí, prestos a dar continuidad a lo que iniciaste.

Has trascendido en el tiempo, y no sólo por lo que hiciste, el legado, el ejemplo, la huella, sino porque viven en el corazón y las luchas de la clase, del campesinado pobre, de las masas oprimidas.

Milton Reyes, camarada, mi yunta, mi llave. Seguramente coincidiste en China con el presidente Gonzalo; otro águila de águilas que pudo avanzar más en relación a lo que el enemigo permitió que tú lo hagas. Y bien lo dice, pueden matar al hombre, al individuo, pero sus ideas no, esas quedan, esas anidan, y tus ideas han quedado entre nosotros, en los que no traficamos con el dolor de nuestro pueblo en las urnas; los que nos hemos acogido a la todopoderosa ideología del proletariado y que tu ayudaste a forjar; el marxismo-leninismo-maoísmo, pero que también abrazamos el pensamiento Gonzalo, que en nada discrepa o contradice lo que tu pregonabas con tanta vehemencia, con tanta entrega, inclusive a costa de hacer el sacrificio supremo de entregar tu vida por la revolución.

Milton, camarada, quiero parafrasear al presidente Gonzalo para tratar de exponer en qué medida y cuánto ha incidido tu vida, tu tránsito por esta forma que adquiere la materia en la tierra “que las acciones armadas confirmen nuestra prédica, que nuestra sangre se junte con la sangre de los que tienen que verterla; no tenemos derecho a que esa sangre tirite sola, que su frío se acune con la tibieza de la nuestra. O no somos lo que somos”.

Te das cuenta, si prestas más atención lo verás, nuestra sangre está presta a tiritar junto a la tuya; se mantendrá tibia, roja, como los sueños, roja intensa como el sol rojo de la liberación: el comunismo.  

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