El imperialismo estadounidense ha construido, durante décadas, un relato de
invencibilidad militar y política, apoyado en dos presupuestos: su superioridad
tecnológico-material y una industria
ideológica que convierte la guerra en una narrativa falsamente heroica
(Hollywood y sus derivados). Pero, visto a la luz del materialismo histórico,
ese mito se rompe con facilidad: lo que define una campaña militar, y estas
campañas alineadas a una guerra, es si es justa o no. Los EEUU y todos los
imperialistas fomentan guerras injustas, partiendo de ese hecho, ya tienen la
historia y el éxito en contra..
No son pocos los hechos históricos que dan cuenta de las derrotas que han
infringido al imperialismo yanqui las masas y los pueblos dignos. Abundan los
casos en que Estados Unidos debió retirarse mordiendo la derrota y con la cola
entre las patas. A riesgo de omitir otros varios ejemplos importantes
señalaremos los siguientes. Vietnam, derrotó militar y políticamente al
imperialismo yanqui; cerró su victoria con
la caída de Saigón el 30 de abril de 1975; Afganistán culminó con la entrada
del Talibán en Kabul el 15 de agosto de 2021; y la Guerra de Corea terminó en
armisticio el 27 de julio de 1953, sin victoria estratégica y con la península
dividida.
En otros escenarios, la derrota fue menos “clásica” y más política, pero
igual de elocuente: en Líbano, el golpe de 1983 aceleró el repliegue de los ‘marines’
y dejó una marca de fracaso estratégico; en Somalia, tras el desastre de
Mogadiscio (3 y 4 de octubre de 1993), Washington replegó su ambición de
“pacificación” bajo el peso de la guerra urbana y el costo político; y en Cuba,
la invasión de Playa Girón (17 al 19 de abril de 1961) mostró que el poder
militar no garantiza control político cuando el pueblo y el terreno niegan el
“golpe rápido”.
Ante todos estos fracasos o derrotas, EEUU ha interpuesto una serie de
escritos, películas, cortometrajes, documentales que han buscado la manera de
“minimizar” sus derrotas, o, establecer que, de una u otra manera, salieron
victoriosos.
Un mito que han querido levantar es que sus unidades “especiales” operarían
fuera de la historia, como si fueran una excepción a las leyes de la guerra.
Tampoco es cierto.
Cuando se habla de los Navy SEALs, suele presentárselos como una máquina
perfecta: precisión absoluta, operaciones “quirúrgicas” y resultados
garantizados. Nos pintan la idea de superhombres capaces de hacer cosas que
para otro ser humano resultaría poco menos que imposible. ¡Bribones!; Deberían
estudiar la guerra popular en el Perú y lo que en verdad pueden hacer los
mejores hijos del pueblo. Basta recordar la acción de rescate de camaradas de
la cárcel de Ayacucho dirigida por una joven de 19 años, la camarada Laura,
Edith Lagos.
La realidad objetiva es menos
cinematográfica. Como ocurre con cualquier fuerza militar, incluso las unidades
de élite cargan fracasos, reveses y operaciones que salieron mal por varias
razones: mala información, clima y terreno hostiles, errores de coordinación,
decisiones discutibles, resistencia inesperada, y esa fricción inevitable que
aparece cuando se pasa del plan al combate real. No obstante, volvemos sobre el
principio, los objetivos, el carácter de la guerra, eso, en términos
ideológicos, lo determina todo.
Hay episodios que quedaron grabados precisamente porque rompieron el mito.
En la invasión de Granada, en octubre de 1983, una inserción marítima terminó
en tragedia: cuatro SEALs murieron ahogados.
En Panamá, el 20 de diciembre de 1989, durante la operación para derrocar y
capturar a Noriega, un grupo de SEALs atacó el aeropuerto de Paitilla con el
objetivo de inutilizar el avión presidencial. El objetivo se cumplió, pero el
precio fue alto. Como dicen por ahí, tuvieron una victoria pírrica, pusieron
muchos muertos. Y en el tiempo, quiérase o no, eso nos congratula.
Ya en Afganistán, el golpe más conocido fue la Operación Red Wings -alas
rojas- (provincia de Kunar, junio de 2005). Lo que empezó como una misión de
reconocimiento y captura terminó en emboscada. Los emboscadores terminaron
emboscados. Muchísimos de estos criminales terminaron donde correspondía, bajo
tierra. Claro, con película de recuerdo que trata de vivificarlos.
Los rescates de rehenes muestran, quizá mejor que nada, lo frágil que puede
ser la línea entre “éxito” y “fracaso”. En Afganistán, en 2010, el intento de
rescate de Linda Norgrove terminó con su muerte durante la operación, y
posteriormente se concluyó que la causa fatal estuvo vinculada a una granada
lanzada por el equipo de asalto. En Yemen, en 2014, una operación para rescatar
al periodista Luke Somers terminó también de forma trágica cuando la incursión
fue detectada y los captores mataron a los rehenes. En ambos casos, el problema
pasó porque no son ni tan técnicos ni tan superhombres, son individuos que,
bajo el influjo de estupefacientes (que dicen combatir su tráfico) cometen
errores que desdicen de su mítica reputación.
En Yemen aparece otro episodio muy citado por el impacto político: el
asalto de Yakla, el 29 de enero de 2017. Operación en la que combatientes
armados de sencillos AK-47 y en chanclas, dieron de baja a varios seals´s y
estos, en su torpe retirada, asesinaron «daños colaterales, le dicen» a 14
civiles, entre esos, 9 niños/ niñas.
La Delta Force ha participado en varias “intervenciones” criminales y
alevosas en varios países. El ejemplo más conocido es la Operación Eagle Claw
(Irán), abortada en Desert One la noche del 24 al 25 de abril de 1980, que
terminó en desastre y con varios militares invasores muertos. Otra, que cobró
mucha notoriedad internacional fue Mogadiscio, Somalia; se volvió un símbolo
precisamente porque una fuerza con menor equipamiento tecnológico, armamento,
etc., les hizo doler, los arrinconaron como a ratas y los derrotaron. Los que
sobrevivieron tuvieron que regresar a EEUU en ataúdes cubiertos con banderitas
y con la vergüenza histórica entre las manos.
Sobre esa base conviene leer, con sobriedad, las versiones triunfalistas
que hoy circulan acerca de Venezuela. Hace pocos días medios, en la invasión
yanqui a Venezuela y el secuestro de su presidente, Maduro, las cifras de
muertos y heridos ya nacen atravesadas por la guerra informativa. Ciertos
medios de prensa hablaron de “alrededor de dos docenas” de oficiales
venezolanos muertos y que Cuba informó 32 efectivos de la seguridad de Maduro fallecidos.
The Washington Post reportó una evaluación estadounidense de alrededor
de 75 muertos totales y “aproximadamente siete” heridos estadounidenses, y
subrayó que no habría fallecidos de su lado.
Ahora bien, incluso dejando a un lado la disputa de números, hay un punto
técnico que vuelve sospechosa cualquier narrativa de “asalto limpio” contra una
posición defendida: la misma doctrina militar estadounidense reconoce que la
defensa, por sus ventajas inherentes, suele ser la forma más fuerte del
combate. En términos simples: el entorno urbano y la defensa preparada tienden
a castigar al atacante, y por eso los partes que prometen “victoria sin sangre”
suelen ser, como mínimo, incompletos y, con frecuencia, propagandísticos.
Por eso, la discusión de fondo no es si Estados Unidos tiene capacidad
militar, sino si puede imponer su voluntad sin pagar costos y sin generar
resistencias. La experiencia histórica muestra que no: hay derrotas
estratégicas, retiradas, fiascos, operaciones fallidas y, sobre todo, pueblos
que le hacen pagar caro su atrevimiento. Cuando el imperialismo vende “hazañas
quirúrgicas” y “triunfos sin bajas”, lo que corresponde es entender que es lo
contrario; que también tuvieron que poner su cuota de sangre.
No hay duda, tenemos certeza de eso. Los Delta Force, los invasores yanqui
salieron de Venezuela, con Maduro y un sinnúmero de cadáveres metidos en fundas
de basura. Es un hecho innegable; y ocultarlo es parte de la patraña
informativa, de la estrategia intervencionista de EEUU; mostrarse como
invencibles, como todopoderosos. Eso se cree solo Kautsky y la reacción; los
pueblos del mundo sabemos que al potencial bélico y hasta nuclear, basta
contraponer guerra popular. La historia de resistencia de los pueblos oprimidos
del mundo refrenda esto; ¡la guerra popular lo es todo!
¡EL IMPERIALISMO ES UN TIGRE DE PAPEL, UN GIGANTE
CON PIES DE BARRO!
¡CONTRAPONER LA GUERRA IMPERIALISTA CON GUERRA
POPULAR!
¡ORGANIZAR, COMBATIR Y RESISTIR!

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