La pérdida gestacional sufrida
por Lavinia Valbonesi puede conmover a su familia y a quienes se sienten
cercanos a ella. Es comprensible. Lo que no se puede aceptar es que ese dolor
privado sea elevado a duelo nacional, con las banderas de Carondelet, la
Asamblea y los cuarteles policiales a media asta durante tres días.
¿Quién baja las banderas a media
asta por los hijos del pueblo?
En 2024 murieron en Ecuador 4.824
niños, niñas y adolescentes: trece cada día. De ellos, 2.340 no habían cumplido
un año y 2.996 eran menores de cinco. Mientras el país conoció de inmediato el
nombre del hijo que esperaba la pareja presidencial, esos miles de niños
quedaron reducidos a cifras en los registros del Estado. No hubo duelo
nacional, discursos oficiales ni banderas a media asta. Sus madres se ahogaban
en llanto en sus humildes viviendas en las barriadas pobres, el campo o en las
comunidades.
De esas muertes, 3.651 se
produjeron por enfermedades, afecciones neonatales, malformaciones,
desnutrición y otras causas no violentas. Cuarenta y seis niños murieron
directamente por desnutrición proteicocalórica; 304, por neumonía, incluida la
neumonía neonatal; y 49, por diarreas infecciosas. Se registraron otras 41
defunciones bajo la categoría de «muerte sin asistencia». Detrás de estas
lacónicas cifras había familias criminalizadas por ser pobres, habitantes de
los cordones urbanos de la miseria, o campesinos que viven con un dólar al día;
carentes de trabajo, falta de dinero, medicamentos, alimentación adecuada, seguridad,
transporte o atención médica oportuna.
La desnutrición crónica alcanza
al 19,3 % de los menores de dos años. Es casi uno de cada cinco niños. Para
ellos la prensa oficial son parte de los ‘nadies’, de los que vivaron con la
muerte en las manos hasta que los abrazó a muy tempranas edades; para ellos no hay
cadenas nacionales ni, obviamente, un coro de funcionarios derramando esas
lágrimas de cocodrilo y destilando moco purulento que provocan vergüenza.
Los pequeños cuerpos de las hijas
y los hijos del pueblo se debilitan lentamente, sin cámaras ni comunicados
ministeriales, mientras que a la par, como si nada importara, el Gobierno
recorta presupuestos, reduce personal médico y juega a los dados con la
provisión de medicamentos en los centros de salud. Pero no solo eso, presenta
la pobreza como si fuera una desgracia natural o, peor aún, como si fuera culpa
del descuido de los padres. Oculta que esa pobreza nace de una sociedad
dividida en clases y de un Estado incapaz de atender las necesidades más
elementales de las masas.
En 2024 fueron asesinados 403
niños, niñas y adolescentes: más de uno cada día. Murieron alcanzados por las
balas, atrapados en barrios entregados a las bandas criminales o incorporados
por la fuerza a estructuras delictivas. Tampoco por ellos se detuvo el Estado.
Los hijos de los pobres no cuentan con la protección que rodea a la familia
presidencial. Crecen expuestos a la violencia criminal y a la violencia del
propio Estado, que militariza sus barrios, persiguen a los que son y a los que
no son, siendo, estos últimos, los más perseguidos; les niega escuelas,
hospitales, alimentación y seguridad.
Entre 2018 y junio de 2023 se
presentaron 52.051 denuncias de violencia sexual contra niños, niñas y
adolescentes: un promedio cercano a 9.500 denuncias por año, veintiséis cada
día. El 95 % permanecía sin resolución y apenas el 4,15 % había llegado a sentencia.
Uno de cada dos menores de cinco años sufre maltrato en su propio hogar. Son
niños violentados física, psicológica y sexualmente, mientras los directivos de
las instituciones que deberían protegerlos miran hacia otro lado o salen a
culpar al correísmo de todos los males, como si esa acusación pudiera ocultar
su propia responsabilidad o engañar a un pueblo que tiene claro que, las
contradicciones burguesas expuestas entre nobistas (burguesía compradora) y
correístas (burguesía burocrática) se ha convertido en el oráculo de Delfos,
como si fueran verdades absolutas.
La patraña y doble moral del
Gobierno de Daniel Noboa no está en el dolor de su familia, sino en convertir
una pérdida ocurrida en el círculo del gobierno y del poder en luto nacional
mientras le importa un carajo la muerte cotidiana de miles de niños y niñas.
Muertes frente a las cuales tiene una responsabilidad política directa, porque el
fascista vive feliz pagando la deuda externa, la misma que no ha beneficiado en
nada a las masas; compra a sus asalariados de la comunicación y también la
conciencia de revisionistas y oportunistas, como quien compra un encebollado en
la esquina. Hay dinero para todo: para pagar a jóvenes a los que empuja al
basurero electoral o a militares sableadores que viven de bonos a cambio de
sumisión y servilismo. Y, como si eso no bastara, pretende que todo el país
comparta el dolor de la familia presidencial, como si fuera el nuestro.
Tres imágenes permanecen clavadas
en la retina y laceran la historia reciente del país. La primera es la de un
niño de cinco años que dormía junto a su hermano en Las Malvinas, al sur de
Guayaquil. Una bala atravesó el techo de zinc de su casa y lo hirió. El pequeño
todavía pudo levantarse, caminar hasta el cuarto de su madre y decirle, casi
sin poder hablar, que le dolía el abdomen. Murió poco después en el hospital.
Para el gobierno fue otra víctima colateral.
La segunda es la de los cuatro
niños de Las Malvinas: Ismael y Josué Arroyo, Steven Medina y Nehemías
Arboleda. Fueron detenidos, torturados y desaparecidos por militares; después,
sus cuerpos aparecieron calcinados. El Estado los estigmatizó como delincuentes.
La tercera imagen debería
perseguir como un estigma al Gobierno de Noboa. A finales de noviembre de 2025,
Yawa Sumpa Puar Alexandra, una madre de la comunidad indígena achuar, llevó de
emergencia a su hija de un mes al Hospital General de Macas, en Morona
Santiago. La bebé murió pocas horas después. Yawa estaba lejos de su comunidad,
no tenía recursos y enfrentaba dificultades para comunicarse en español. El
hospital le entregó el cuerpo de su hija dentro de una sucia caja de cartón
reciclada, cerrada con cinta adhesiva. Sobre la caja estaban escritas tres
palabras: «Trátese con cuidado».
Así trata el gobierno y el Estado a los hijos del pueblo: con
desatención, desprecio e hipocresía.
Aspiramos que a Noboa y a su
consorte les duele la pérdida del feto. Como dicen por ahí: del lobo…un pelo.
También aspiramos que la clínica donde atendieron a la tiktoker les haya
entregado los restos del feto en una caja de cartón; quizá más pequeña que
aquella que le dieron Yawa Puar.
Para las masas, este drama “de Rosa
Guadalupe” montado por el régimen seguramente será utilizado con fines
electorales. Todo es parte del circo.
Jamás habrá perdón ni olvido para
los verdugos del pueblo. Y, con profundo odio de clase, el dolor de los
imperialistas, de la gran burguesía, de
grandes terratenientes, de los traidores del pueblo, los oportunistas, los
revisionistas, pero, sobre todo, del fascista, Daiel Noboa, siempre será una
tibia alegría para los comunes, para los ‘nadies’.
¡ORGANIZAR, COMBATIR
Y RESISTIR!

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